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Viaje a Suiza sola

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(3ª y última parte)

Allí estaba en Lucerna, sola, sin plano y sin saber muy bien qué hacer. Por suerte, tenía a buen resguardo el ticket para el barco a Bürgenstock y las instrucciones (vaya cara darte este folleto con instrucciones y largarse, pero bueno).

Había la posibilidad de coger dos barcos. Uno salía a las 12:45 y el otro a las 13:45. Decidí pillar el primero, así luego tendría más tiempo para pasear por Lucerna tranquilamente. Había una feria, y la guía, eso sí que lo señaló, nos dijo que el muelle 3, desde donde salía el barco, estaba debajo de la noria. Fácil de localizar. Eran las 12h, así que di un paseo hasta el embarcadero entre el bullicio de la feria. Cuando llegué, le enseñé mi ticket al revisor y me lo cambió por otro para que pudiera subir y bajar a Bürgenstock sin problemas. Qué raro. El barco estaba lleno y yo parecía ser la última en subir. Ups, pero si ponía las 12:15 ¡No las 12:45! Anda que hubiera estado tan tranquila yo paseando por la feria de haber sido consciente de la hora… Pero bueno, salió bien y el barco zarpó.

Vaya lago el de Lucerna. Espectacular rodeado de altas montañas salpicadas de casas típicas. Disfruté del paisaje mientras me comía unos pequeños bocadillos que me había preparado del buffet del desayuno. Sí, me habéis pillado, suelo hacerme algún pequeño bocadillito con fiambre y cogerme una manzana del buffet para media mañana. Pues no suelo comer mucho al levantarme y luego me entra un pelín de hambre, así que a veces lo hago. No creo que sea nada malo. Creo que es peor aquellos que se llenan el plato y luego no se comen ni la mitad (esa comida sí que va directa a la basura). Yo sólo me sirvo la poquita comida que sé que voy a comer (cereales, una pequeña pieza de bollería y café con leche), luego un bocadillito y una manzana, que en vez de comérmelo allí, lo hago en unas horitas.

Llegamos a la otra orilla. Allí nos esperaba ya el tren cremallera que nos subió a lo más alto de la montaña (su espectacular inclinación impresionaba). Al llegar a la cima ¿Sabéis qué es lo primero que ves? Sí, una tienda de regalos. Eso sí con unas maravillosas vistas al lago y a Lucerna. Salí de la tienda, ya sabéis que no puedo comprar muchos cachivaches, ya que no tengo espacio en la maleta. ¡Uau! Bürgenstock. Qué pedazo complejo hotelero, maravillosas vistas por ambos lados, boutiques lujosas, no, lo siguiente, restaurantes prohibitivos para los bolsillos de la mayoría.

Pero, una vez vi eso y me hice la foto de rigor con las vistas ¿Qué hago, aparte de dar otra vuelta para admirar el paisaje? Pues fisgoneando, entré en lo que se suponía que era el spa y un restaurante de súper lujo. Qué bien que entré. Había un largo pasillo y a cada lado vitrinas donde se exponían objetos del hotel en sus tiempos más esplendorosos: bajillas, trajes, maletas, juegos, fotografías… Me encantó. Me transportó a una época de glamour. Donde sólo unos pocos eran dignos de él. Sí, ahora sólo una minoría puede hospedarse en este hotel (por unos 1000€ la noche puedes hacerlo), pero el glamour no es el mismo (los ricos de ahora no son como los de antes).

Una vez vi esto, regresé a la zona del tren cremallera. En teoría (según las instrucciones que me habían dado), no podía regresar a Lucerna hasta dentro de casi 2 horas. Pero como no es la primera vez que en un viaje me cuelo en un tren que no es el mío, porque ya quiero volver, me fui a mirar los horarios del tren. En 5 minutos bajaba uno y luego salía el barco a Lucerna. Pregunté a la mujer que controlaba los tickets y me dejó pasar. Menos mal, empezaba a tener hambre y allí arriba no había nada que comer que no me hiciera un agujero en el bolsillo.

Una vez en el barco, escuché ruido de aviones. Levanté la mirada y divisé 9 aviones en formación desapareciendo tras una de las cimas de los Alpes. No estaba segura de lo que acababa de ver. Sin querer, me vino a la mente el terror de ese ruido durante las guerras y el daño que podían hacer si querían. No sé porqué pero es lo primero que se me vino a la cabeza.

A las 14h estábamos llegando a Lucerna. Casi no admiré el paisaje en este trayecto de vuelta. Pues los 9 aviones en formación pasaban una y otra vez haciendo formaciones imposibles. Era una exibición. Seguramente, relacionada con la feria que había. No lo sé. Pues al no tener guía nadie nos informó de nada.

Caminé por Lucerna en busca de un bar para comer. Pero estaban todos llenos, o no eran plan para comer sola. Así que busqué una de mis soluciones preferidas cuando viajo sola. Al lado de la feria estaba la estación de tren (más pequeña que la de Zurich, pero aun así enorme). Compré una pedazo salchicha (no podía irme de Suiza sin comerme una) y me la comí sentada en cualquier sitio mientras admiraba cómo músicos espontáneos se iban turnando para tocar en un piano que habían instalado en la estación. Qué gozada. Luego dejé que me volvieran a atracar con un capuchino (no soy nadie sin mi dosis de café). Cuando terminé me fui a fisgonear un supermercado que había en la estación. Me encanta hacerlo cuando voy a otros países. De paso compré agua para rellenar mi botella y también la cena, una reglette de cebolla y bacon (algo típico de allí). Por cierto, buenísima.

Una vez mis necesidades cubiertas, mi objetivo fue localizar la parada de bus. No fue difícil, estaba bien cerquita de la estación. Como veis, me gusta tenerlo todo controlado primero. Fue entonces cuando por fin di una buena vuelta por Lucerna. Aún tenía más de 2 horas para ello.

Crucé por sus dos bellísimos puentes de madera. Por cierto, perfectamente adaptados. Caminé por sus callejuelas, con sus típicas casitas de centroeuropa y admiré el paisaje. Me llamó la atención que las tiendas del centro, incluso las de souvenirs, estaban cerradas, ya que era sábado por la tarde. Aquí sería impensable en un sitio tan turístico. Pero bueno, si quieres comprar algo siempre tienes la estación de tren. Hay tiendas para aburrir.

Cansada de dar vueltas, decidí ir hacia el punto de encuentro con el bus. Me senté en una marquesina y esperé (todavía faltaba media hora). Me alegré cuando vi que empezaba a llegar gente que iba en mi excursión. Menos mal. No me había equivocado de sitio.

No tardó en llegar el bus. Subimos y pusimos rumbo a Zurich por la autopista (un camino mucho más rápido, aunque más aburrido, que al ir).

Al llegar a la estación de autobuses, me despedí de una pareja de mexicanos con la que había estado charlando durante el trayecto, y  subí directamente a mi habitación del hotel e hice mi ritual: llamar a casa, ducharme, cenar lo que había comprado en Lucerna y tumbarme a descansar.

Al siguiente día, me levanté prontito, y a las 8:30 ya estaba paseando por Bahnhofstrasse. Vaya diferencia con el viernes por la tarde. Ahora que estaba la calle vacía parecía mucho más majestuosa. Me acercaba a los escaparates y me asustaba. Relojes, joyas, ropa… a unos precios que me costaba leer los ceros que llevaban.

Me imprimí de internet, antes de salir de casa, un itinerario de un blog de viajes. Como ya os dije en el post de mis tips para viajar sola, considero bastante importante llevar el viaje organizado (luego siempre puedes cambiar, pero perder tiempo con el ahora qué hago, como que no). Así que hice los dos itinerarios que se marcan en el blog y me pude hacer una idea mejor de Zurich que con la excursión del viernes anterior. Además, el itinerario estaba genial, ya que te iba explicando cada punto que recorrías. Me llevó unas 3 horitas. Y antes de las 12h estaba en el hotel para hacer el check out.    

Una vez hecho, me dirigí a la estación de trenes, y como ya tenía el billete de vuelta al aeropuerto comprado, pillé el primer tren de los muchos que salían para allí. Miré por última vez Zurich y pensé: See you soon (nos vemos pronto).

Esta vez no tuve ningún problema en el control del aeropuerto. Metí todo en las bandejas y me dejaron pasar sin más. Lo único a destacar, además de lo enorme y chulo que es el aeropuerto, es que en ningún momento me pidieron el DNI o pasaporte para subir al avión, sólo el billete. Curioso ¿no?

Al llegar al aeropuerto de Valencia, salí escopetada del avión. Por suerte, me tocó fila 8, además de que como no facturo no espero ninguna maleta. La razón era porque sabía que allí esperándome estarían, mis padres, por supuesto, ¡y Dalma! mi perrita. Cuando me vio salir, medio asustada y desconcertada, corrió hacia mí y me dio tímidos lametones primero, para luego ya ponerse a dar vueltas y repetir sus lametones más decididos.

Como dice el título del último libro de Albert Espinosa “Lo mejor de ir es volver” sin duda. Aunque, para volver, tendré que irme de nuevo, así que hasta la próxima aventura viajera.

Por tanto, si no te  quieres perder mi próxima aventura, no te olvides de suscribirte al blog de El espejo de Ana.

También podéis preguntarme lo que queráis en los comentarios, prometo contestaros con la mayor brevedad posible. O si lo preferís, podéis mandarme un correo a: hola@elespejodeana.com

¡Nos leemos en unos días!

 

 

Marta Senent

Marta Senent

Marta Senent es investigadora, escritora, emprendedora... pero sobre todo, entusiasta de la vida. Una parálisis cerebral es lo primero que percibes de ella cuando la conoces. Pero esta primera impresión se va diluyendo conforme vas hablando con ella. Ves cómo para Marta su diversidad funcional no supone ningún freno para ser quien quiere ser: una mujer feliz, que vive la vida tal y como quiere.

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