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Viaje a Suiza sola

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2ª parte

Pues allí estaba, a dos minutos de empezar la excursión, plantada delante de la caseta de tickets esperando a un autobús, un guía, a turistas… Pero allí nadie llegaba. Así que decidí disparar mi último cartucho: preguntar a la chica de la caseta a ver si ella sabía algo.

Por suerte, sólo había una persona delante de mí comprando ticket para su bus (recordad que era una estación de autobuses). Cuando llegó mi turno le enseñé el resguardo de la excursión. Y ella, en un tono muy amble y en español, me dijo: ¿Tú eres Marta? Y yo: sí, sí. Por fin alguien reconocía mi resguardo. ¡Me estaban esperando! ¿Cuál era mi bus? ¿Lo adivináis? ¡Sí! Era ese al que no me habían dejado subir. Así que, la chica me colocó una pegatina en la chaqueta y señaló el bus. Ante la sorpresa de ambos hombres, me subí al ese bus y en un minuto empezó la excursión por Zurich.

Pero, ¡oh! La excursión era ¡Sólo! En inglés. Al contratarla, te indicaba que era en inglés y alemán, aunque había audioguía en español. Que llevaras tus propios auriculares para que no te tuvieran que dar unos de usar y tirar (y así ser respetuosos con el medio ambiente). Así que yo llevaba mis propios auriculares. Pero no había audioguía. Y mi inglés, pues ya sabéis que es muy malo. De algo me enteré, la verdad. Pues el guía no era inglés, así que hablaba despacio y era más fácil de entender para los que somos unos catetos en idiomas. Me resigné e intenté aprovechar y disfrutar al máximo la excursión.

Empezamos el recorrido por la calle Bahnhofstrasse, una de las calles más caras del mundo. Os puedo asegurar que lo pude comprobar cuando la recorrí caminando. Aunque también puedes encontrar franquicias más asequibles como Mango.  Llegamos a Zürichsee, el lago de Zurich. Maravillosas vistas. De ahí fuimos coger el tren cremallera, que nos subió hasta donde se encuentra el hotel de lujo The Dolder Grand. Sí, ese que parece un castillo de cuento de hadas al que jamás podrás poner un pie dentro. Pero, sin duda, lo mejor son las vistas. Y no hace falta que seas rico para disfrutarlas. Se ve todo el lago de Zurich, con sus típicas casitas (y casoplones), sus barquitas, rodeado de verdes montañas y al fondo los Alpes. Maravilloso.

Luego con el bus bajamos al centro. Vaya diferencia. El centro, centro, de Zurich es el típico pueblecito de los Alpes, con sus casitas, callejuelas, iglesias… Y justo la calle de al lado, una avenida enorme con todas esas tiendas que sólo mirando los escaparates ya te hacen sentir insignificante.

La excursión terminaba allí. Podías volver con el bus al aparcamiento (recordad, justo en frente de mi hotel), o volver andando. Yo volví andando. Callejeé, miré escaparates, observé a la gente ir y venir… Eran las 18h de un viernes. Imaginad cómo estaba el centro de gente. Me llamó la atención que sí, hay pasos de cebra. Pero sólo para los coches y autobuses. Los tranvías (a los que por cierto, no me subí a ninguno, y eso que hay un montón) van circulando y tú simplemente pasas cuando ves que no viene ninguno. Bueno “allá donde fueres, haz lo que vieres”, ¿no? También entré en uno de los muchos “Globus” que hay (como los Corte Inglés de aquí, pero más caros). Me asusté de ver los precios. Así que volví a la estación de tren, y allí me compré un pretzel (comida muy típica de allí) con chorizo picante para cenar. También compré chocolate suizo para mis padres en una tiendecita súper mona, toda rosa ella (se ve que es una cadena, pues la vi en varios sitios), venden cosas súper ricas (y caras). Pero vale la pena entrar.

A las 19:30 llegué a mi hotel, ya sabéis que es una de mis normas si viajo sola, cuando anochece mejor estar en el hotel para evitar problemas. Llamé a casa, me duché, cené (cómo picaba tú aquel chorizo) y me dispuse a descansar para poderme levantar pronto y estar a tope de energía para la excursión del día siguiente: Lucerna y Bürguenstock.

Al día siguiente, me levanté prontito. Me vestí y bajé a desayunar. Con los desayunos tipo bufet siempre tengo que pedir ayuda para que me lleven las cosas a la mesa. Tengo que decir que jamás he tenido ningún problema, siempre son muy amables conmigo. Pero pedírselo a alguien en inglés… Pues lo conseguí. El chico fue muy amable y los dos días me llevó el café con leche y el plato con los cereales a la mesa (el resto me lo pude coger yo). Al terminar el desayuno, acabé de arreglarme, dejé la habitación ordenada (siempre lo hago, para facilitar su limpieza) y bajé a la estación de autobuses. Esta vez no tuve ningún problema para que me dejaran subir al bus. A parte la guía era española, así que nos comunicamos perfectamente.

El día estaba soleado, aunque fresquito. Cuando salgo de excursión para pasar el día fuera, me visto por capas. Una cebolla parezco. Camiseta, jersey, chaqueta y pañuelo grande. Así puedo ir quitando y poniendo según suba o baje la temperatura. Con el autobús lleno, partimos hacia la ciudad de Lucerna.

El trayecto fue muy chulo. Pues íbamos por en medio de las montañas y la guía nos iba explicando todo sobre Suiza. Vimos vacas, ciervos, caballos… pastando por las verdes praderas. Esto me recordaba mucho a Heidi, serie de dibujos con la crecí.

No tardamos más de una hora en llegar a Lucerna. Pero llegando la guía empezó a decir algo que no me hizo nada de gracia. Que íbamos en el bus dos excursiones, la de Lucerna y Bürguenstock, la mía, y otra que se iba a no sé qué glaciar. Primera noticia de ello. A los que nos quedábamos en Lucerna, se nos repartió un díptico con instrucciones y un ticket para un barco. Se nos anunció que nos dejarían allí en Lucerna y que a las 18h (eran las 11h) pasarían a recogernos por no sé qué calle. Que ellos se iban al glaciar ¿Cómo? ¿Qué me estás contando?

Bueno, bajamos en Lucerna y se nos repartió un plano de la ciudad. El autobús y la guía desaparecieron. Allí nos quedamos unas 15 personas mirándonos a las caras, sin saber muy bien qué hacer. Si ir juntos, separados, visitar primero Lucerna y luego subir a Bürguenstock, al revés. La verdad es que no tardamos ni 10 minutos en separarnos. Y me quedé sola en Lucerna, sin haber planificado nada. Ya que pensaba que iría con la guía todo el rato. Y para acabarlo de arreglar, me percaté que había perdido el plano…

¿Queréis saber qué hice? O ¿Si encontré el bus de vuelta? Os lo cuento en el próximo post… que este ya está quedando demasiado largo.

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¡Nos leemos en unos días!

Marta Senent

Marta Senent

Marta Senent es investigadora, escritora, emprendedora... pero sobre todo, entusiasta de la vida. Una parálisis cerebral es lo primero que percibes de ella cuando la conoces. Pero esta primera impresión se va diluyendo conforme vas hablando con ella. Ves cómo para Marta su diversidad funcional no supone ningún freno para ser quien quiere ser: una mujer feliz, que vive la vida tal y como quiere.

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